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27 de julio de 2011

antología cero siete

De pronto nos sentimos abandonados por alguna extraña razón que ya no es necesario comprender, cuestionamos nuestra suerte y analizamos demasiadas situaciones buscando siempre justificar, justificarnos.
Bajo muchas prosas he vivido y sobre muchas sabanas me apoyé siempre sin un fin, de muchas obsesiones estoy diseñado y bajo muchas otras ajenas me complementé. Nada hacía descubrirme y todo me alejaba más de mi, horas, dias, semanas, años, tiempo invertido en alejarme de mi organica y de la oscuridad de un café, de la espuma de la orilla, de la zuela pegajosa del cine, de la textura de los billetes y del aroma de vestuario inmaculado recién salido de una tienda.
Me animé a ir a lugares donde nunca intenté ir, me animé y caminé resbalandome dia por medio y probé rincones impensado por horas, días, semanas, años y hasta mi ultimo tramo en el cual me di cuenta que ya había avanzado demasiado, demasiado fisicamente y retrocedido espiritualmente la misma cantidad.

Me animé a volver y todo se alineó a mi favor, una seña inexistente, una deuda impaga, una salida fugaz y de pronto me vi volviendo al origen, al origen ubicado en aquella casa del barrio de almagro un miércoles por la mañana. Dolor de espalda, subte infinito, el animo por el subterraneo y una entrega final llena de intrigas.
Un arribo tranquilo, todo se veía normal, una ruta conocida, el ambiente había cambiado, todo se veía mejor, sonrisas me invadían, viejos amigos me sacaban sonrisas mientras me ocultaba en la intriga de la entrega. Pero algo se vaticinaba, mi sentidos se agudizaron de un momento a otro inesperadamente y abriendo la puerta sobre mis espaldas fui testigo de un poquito de tranquilidad que en ese momento necesitaba, forma con silueta de mujer, piel color de alma y ojos que me recordaron al azul de la brava por las tardes de verano.

Iba a estar bien, me volqué en ella de manera invisible, mis ojos cobraron vida y mi cuerpo se inhibía cada hora más y más mientras mi mente volvía a nacer cada minuto que pasaba. Pasaron minutos, horas y algunos días en los cuales iba depositando una forma genuina de cariño, cariño inexplicable y el cual no sabía si sería una señal de algo, o si lograría su correspondencia en algún minuto a través de mis ojos como una inyección de anhelo compuesta como una ecuación química todavía sin resolver.